sábado, 28 de junio de 2008

28 de junio (Porque nada nos liga ni nos sujeta)

BARUYERA - CONSTRUYENDO DESDE LO ENDEBLE Y PARA LO EFÍMERO

El 28 de Junio recordamos la revuelta de Stonewall del año 1969, que ha pasado a nuestra historia como la fecha en que se inicia el moderno movimiento GLTTTBI y, más tarde, todas sus variaciones. Esa noche, un grupo de disidentxs sexuales reunidxs casualmente en un bar “de ambiente” en la ciudad de Nueva York, dijeron basta a la sistemática e implacable opresión que soportaban desde hacía tiempo por parte del terrorismo de Estado, disfrazado de policía al servicio de lo que el mismo estado define como orden, moral, y buenas costumbres.
Declarado Día del Orgullo por el mismísimo grupo que resistió la redada policial aquella noche –y los varios días de enfrentamiento que siguieron–, es una fecha particularmente adecuada para reivindicar nuestra libertad de disentir y denunciar, nuestras felicidades y nuestra Potencia (Tortillera).
Junto con la alegría y el empoderamiento que nos resultan constitutivos de este “orgullo”, no olvidamos en ningún momento que el hecho de que Stonewall haya ocurrido, que haya sido posible como crimen y masacre, nos obliga a significar esta conmemoración en términos de denuncia a la cultura heteronormativa que oprime y reprime no sólo a quienes nos alejamos más o menos de sus mandatos, sino también a quienes los obedecen a rajatabla.


En los años de Stonewall, los homosexuales[1] eran maltratados y despreciados por la policía, que los trataban como criminales o ladrones no sólo en los Estados Unidos. También eran tratados como enfermos mentales por los médicos y psiquiatras de aquella época –situación que, de hecho, continúa en muchos casos, no obstante las ya antiguas disposiciones de las organizaciones internacionales que legitiman el saber/poder médico.



La cuestión es que esa noche varias personas (hombres, mujeres, trans y travestis), juntas, se dieron cuenta de que estaban hartos y hartas de la persecución estatal consentida por sus propios “vecinos”; se dieron cuenta que podían decir basta, y lo hicieron. Por eso el día del orgullo conmemora un acto político de resistencia y no una concesión del poder, como el 17 de mayo, erigido por los organismos internacionales en capciosa celebración de la lucha oficialista contra la homofobia (vana y pretenciosamente expresada en la decisión de quitar la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales).

¿Quiénxs eran, y quiénxs son, aquellxs personas tan socialmente vulnerables que pueden ser arrestadxs una y otra vez? Claramente, las que se encuentran en una situación civil de ilegalidad (p. ej: menor de edad, “vestido con las ropas del otro sexo”, “ofreciendo sexo en la vía pública”, “causando disturbios” que son reacciones hacia la violencia real y simbólica que se soporta continuamente), o las que, aún teniendo un status civil legal no pueden hacer valer sus derechos.
¿Por qué la policía hacía redadas reiteradamente allí? Por lo obvio: ¿quién se iba a quejar? La exclusión de las familias y los exilios hacen que muchxs no tengamos quién responda por nosotrxs; el ambiente de los bares y boliches, “la noche” –humo y alcohol, drogas, música berreta y sexo ocasional– hace que seamos siempre consideradxs pésimxs vecinxs de dudosa decencia, lo que nos hace, en buena medida, socialmente vulnerables.

La revuelta del 28 de junio del 69 fue una respuesta desde el hartazgo al Terrorismo de Estado -definido por la sistematicidad de sus fatídicos “haceres”- que en Stonewall, como en cientos de otros lugares de encuentro, ejecutó por enésima vez una intervención específica con objetivos específicos: eliminar y aterrorizar.



Con una modalidad diferente, adaptada tal vez a “los tiempos que corren”, el Estado hoy y aquí nos oprime por omisión –mirando para otro lado, desoyendo los reclamos, trabando el debate, y apoyando solapadamente a las fuerzas sociales “privadas” o “particulares” como los “Vecinos de Palermo”, o padres y madres indignadxs frente a lxs docentxs disidentxs sexuales de sus hijxs, etc.

La cultura heteronormativa –el famoso patriarcado proxeneta– nos oprime y reprime no sólo cuando no nos permite casarnos civilmente, sino también cuando nos obliga a ser monogámicxs y convivientes; no sólo cuando no nos deja elegir nuestra identidad de género, sino también cuando nos dice qué órganos debe tener cada cuerpo, qué forma, qué medidas, y hasta qué color de piel, y ojos, cuántos pelos y dónde, cómo sentarse, caminar, moverse, y, por supuesto, cómo y qué sentir, desear, querer, disfrutar y/o aborrecer.



La hegemonía se construye y sostiene en la dialéctica consenso/coerción develada por Foucault por la misma época que los sucesos de Stonewall. Todas las tecnologías vinculadas de un modo u otro a los aspectos materiales de la vida humana están puestas al servicio de producir cuerpos sexuados de dos tipos (por cierto, muy distintos). La hegemonía –sea ella lo que sea, monstruo, entelequia u otra cosa– legisla el deseo/amor/sexo legítimo, lo nombra “decencia”, “naturaleza”, “normalidad” y, para desanimar a quien tenga algún otro plan para sí mismx –y mucho más para aleccionar a su rebaño no descarriado– utiliza la excusa de la vigilancia de “la moral y las buenas costumbres” para eliminar a todx/s aquellx/s que no se conforme/n con dicho limitado espacio para expresar sus sentires y deseos, para disfrutar sus goces.

Con todo, finalmente unas cuantas cuestiones empiezan a resultar evidentes, innegables, ineludibles. Por ejemplo: que muchxs nos movemos en sentidos contradictorios y -por qué no- aleatorios dentro de los límites asignados, algunxs simplemente extendiendo las fronteras de las identidades un poco más allá de lo adecuado y otrxs subvirtiéndolas al costo de convertirse en sujetxs negadxs política, social y culturalmente. Y también: que las identidades no son tan estables y fijas como han pretendido ni, por lo tanto, resultan tan fácilmente manipulables.
Ante este panorama los poderes se vuelven difusos, se solapan, se escurren, confunden… y muestran sus fisuras tan anchas o estrechas como se quieran ver.

En esta época histórica en la que los sectores dominantes -poderes biocapitalistas con sedes en las grandes urbes desde donde crean y retransmiten por TV las potentes, avasallantes ficciones que sustentan el orden mundial y su íntimo tejido social- han logrado articular una aceptación del “otro”, de la “diversidad”, de las identidades fluidas, de las minorías, situándolas en una especie de limbo político -que a menudo llaman “post-político”- en el que las identidades colectivas parecen ceder en favor de una vida más libre, de consenso y diálogo, la hegemonía liberal sigue generando recursos de todo tipo para ampliar lo que ha llamado “igualdad” pero que, en nuestra opinión, no es más que otro fraude (un trompe l’oeil, podría decirse) no tanto para disciplinar a lxs prófugxs como para convencer, a quienes dudan, de la impractibilidad de escapar/se de las reglas vigentes. Esta aceptación “oficialista” de una diversidad mansa resulta más retórica que práctica, pero de todos modos –o justamente por ello- sumamente efectiva para sus fines, que son eminentemente propagandísticos y gatopardescos. De este modo, las sexualidades no normativas se desarrollan como un desbocado rizoma que es imperativo reconocer y hacer inteligible, poder representar para controlar y dominar: lxs que hasta acá no existíamos para el Derecho ni para el mercado (ergo, ni existíamos para el Estado ni teníamos sustancia política alguna), poquito a poco hemos devenido sujetxs de políticas públicas, sujetxs de publicidades y servicios -como el asesoramiento legal, los tratamientos estéticos, y varios etcéteras-, de programas de entretenimientos, de ley de identidad de género, instituto anti-discriminación y ley de matrimonio. Todas éstas, estrategias que se da la democracia para garantizar los derechos que, en realidad, todas las personas tienen por el sólo hecho de nacer, pero que para el caso de quienes no se atienen literalmente a las normativas, hay que explicitar en un punto aparte. Estrategias que otorgan inteligibilidad y algo de protección real –y hasta de disfrute- a cambio de resituarnos en el juego liberal y, también, en el espacio literal de la legislación impresa.

¿Acaso una ley de identidad de género o de matrimonio, la unión civil en Capital Federal, o una educación (hetero)sexual -disfrazada de “prevención” y “salud responsable”- producida e irradiada desde el centro del poder terminará (o al menos será un gesto para termina) con la homofobia y el heterosexismo compulsivo, su “padre” bio e ideológico? ¿La democracia heteropatriarcal, que es la que hasta hoy nos niega, nos hará devenir “personas”?

No. No hay posibilidad de libertad mientras no se cuestione el poder de la cultura heterosexual y machista. “La libertad o la posibilidad de actuación no son de índole abstracta y/o preceden a lo social, sino que siempre se establecen dentro de una matriz de poder” escribe Judith Buttler en algún lugar.



Mientras las reformulaciones para hacer medianamente vivibles algunas vidas más o menos abyectas sigan surgiendo de los centros de poder establecidos, no habrá cambio posible. No debe confundirnos que a menudo esos pseudo cambios promovidos desde los bunkers reales de poder y ejecutados por los Estados acólitos sean concretados por sujetos que portan paradójicamente las mismas credenciales de identificación y discursos que, en forma, son similares a los que consideramos verdaderamente libertarios.

Las estrategias planteadas para volvernos “viables” dentro del estado de derecho jamás revisan la centralidad de la heterosexualidad como identidad dominante en torno a la cual se distribuyen, polarizados, los cuerpos sexuados; no cuestionan el carácter heterosexista de la cultura ni el privilegio de la heterosexualidad dentro de la construcción social ni la homofobia.
El heteropatriarcado ha convertido el estilo de vida de la familia tipo (nuclear, heterosexual, reproductiva, urbana, clase media) en parámetro absoluto[2]. En efecto para entrar en el juego de estar en el mundo ordinario, real y cotidiano de la “normalidad”, debemos demostrar que somos capaces de llevar adelante, y con un alto grado de éxito, una vida según la definición que asocia “trabajo y familia” a “adultez saludable”; o, al menos, que podemos mantener en delicado equilibrio y sin que se enreden, los muchos hilos de las marionetas que tenemos que inventar para sostener la farsa de tal adultez. Parece que, para ser sujetx de derecho (o mejor, para gozar de derechos sin estar sujetxs a ellos por las marañas del biopoder), hay que saber cómo acomodarse un poco al molde, ¡y estar decididx a hacerlo!… En este punto, no tenemos que olvidar que porque somos depositarixs de todas las interpelaciones del caso, quienes vivimos y ejercemos la disidencia sexopolítica, somos quienes –posiblemente sin quererlo– tenemos en nuestro poder la llave para ingresar al mundo “real”, para marcar la divisoria de aguas entre su adentro y su afuera, o entre su frontera y su limbo.

Pensarnos políticamente en el mundo:



Somos guerrilleras, revulsivas, insidiosas e incordiosas. Los movimientos orquestados desde los macropoderes disciplinadores nos causan náuseas. Y vomitamos.



No queremos unos largos protocolos de test ni certificados que acrediten nuestra presuntamente deseable “normalidad” para acceder a los derechos de un mundo que ya está totalmente armado… y repartido…



Por eso hoy –como todos los días– decimos que no estamos de acuerdo ni apoyamos una ley de identidad de género que quiera estandarizarnos o devolvernos al binomio hombre/ mujer, hetero / homo, femenino/ masculino. Tampoco queremos que un comité de expertxs defina cuán asentadxs sobre un género u otro estamos. Ninguna mujer u hombre que pertenezca a la matriz hetero debe en ninguna instancia de su vida ratificar su grado de feminidad o masculinidad.



No queremos programas para gays y lesbianas que nos patologicen como depositarixs de una extraña afección que necesita tratamiento especial. Porque de esta manera no sólo se monta un negocio sobre las identidades transgresoras sino que además se elude la marca indeleble de la homofobia y el heterosexismo en la sociedad. Ningún heterosexual acude a un centro a pedir ayuda por la homofobia que lo aqueja.



No estamos de acuerdo con los discursos de la tolerancia y la aceptación. No se puede “aceptar” la diversidad, como dicen algunas personas, asqueadas pero resignadas a convivir en un espacio que no es sexualmente puro. La diversidad “es” y su existencia no depende de nuestra voluntad de aceptarla o no.
En cambio, sí depende de cada persona involucrada de algún modo, el problematizar las “diferencias” que construyen unos sujetos que “aceptan” y otrxs que debemos ser “aceptadxs”.



No queremos ser más objeto de investigación de la ciencia heterosexual que legitima sus propias y convenientes (para sí) “causas”, “características” y “categorías”. Tenemos voz propia y sabemos cómo construir y legitimar los saberes que nos sean útiles, necesarios. La heterosexualidad cotidiana –que es compulsiva tal vez sin tener conciencia de ello– debería investigarse a sí misma, preguntarse cuáles son los vericuetos que la han convertido en la máquina de opresión mejor diseñada de la historia, cuál es su papel en la construcción, sostenimiento y reproducción de las opresiones pasadas y actuales a las que muchas veces, paradójicamente combate.



No queremos una Educación Sexual anclada en el Uno heterosexual como centro de todas las cosas y que desde allí se desplace por lo múltiple. Como quien pasea por un supermercado de “variedades”.



No queremos una ley de matrimonio. No deseamos entrar en el mercado de las personas “casables”, “solteronas”, “cónyuges”. No queremos que el estado legisle y designe a quién/es podemos amar, con quién/es podemos compartir la vida, de quién/es podemos hacernos cargo.



Si ese es el precio, preferimos seguir siendo lo no representable


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Lo que todavía no me queda claro es lo que SÍ QUIEREN las baruyeras. No les parece necesario dejar un poco mas claro después de semejante manifiesto?

un Beso
cecilia

Baruyera dijo...

No, nos parece necesario.
Y quizás mientras tanto sea que seguimos queriendo ser no representables.